Mi padre y abuelo están hechos de una sustancia extraña que no tiene forma, su aspecto es desagradable, parece musgo pero no lo es, está se mueve como una barata cuando uno se acerca a tocarla, da la impresión que prefiere los huecos oscuros porque poca veces se le ha visto cerca de la luz. Son árboles raros, sus hojas se caen en primavera y dan frutos en invierno. En el otoño sus hojas comienzan a florecer y en verano están secos y escuálidos como los árboles muertos, aunque en invierno se ven fuertes y juveniles. Son árboles alocados y da la impresión que las reglas del cielo para ellos fueran diferentes de las conocemos. Yo les llamo robles, porque son tan fuertes como él, son árboles con tiempos distintos y desajustados, sus ciclos solares no giran alrededor de las leyes de la física y biología conocidas, pero creo que deben seguir alguna ley, porque sino no serían hoy árboles ancianos. Como sus frutos se obtienen en invierno la gente no los ha querido porque es en primavera donde las cosas más bellas y nobles nacen, crean y florecen, en invierno hace frio y llueve, quizás por eso cuando sus frutos caen se confunden con las piedras.
A lejos la madera de esos árboles se ven como su tuvieran espinas, a todos nos ha dado miedo acercarnos, para qué pincharnos han dicho los otros árboles. Un día decidí cerrar mis ojos, tapar mis oidos e imaginarme un mundo nuevo, sin árboles de invierno, sin árboles que esperan los frutos de la primavera que nunca llegan, sin árboles que danzan en armonía con las leyes del cielo, entonces sin ver ni oír decidí seguir mi propio camino sin leyes. Mi fuerza, juventud y osadía serían herramientas suficientes para convertirme en un árbol primaveral que todas las mañanas anunciaría el nuevo amanecer como el gallo cantor, pensaba.
Con el tiempo comencé a olvidar que ya no veía, ni escucha aunque yo creía que lo hacia. Sentía que caminaba bajo la atenta mirada de la creadora, de la energía vital. Un día sentí un golpe, ya no me podía mover, me había convertido en un árbol de invierno, de sustancia extraña y madera con espinas, sólo mi madre árbol me cubrió con sus hojas de espadas en verano, ella sabía que no estaba muerto, había visto a su padre y amante morir en verano y ser fuertes en invierno.
Cuando desperté me dí cuenta que no habían árboles con madera y espinas, solo eran árboles extraños, lo que parecían espinas eran una ilusión productos del reflejo de sus sombras, pude comprobarlo al tocarlos. Por fin sé que hay árboles con distintos movimientos que danzan al ritmo de la música; hay árboles que no saben bailar, que se impacientan, que no les gusta el tango o el blass, pero todos los árboles bailan, porque con cada movimiento de baile extienden su tiempo de vida, bailar un segundo es como vivir un año, más o menos dependiendo de la energía creadora. Los árboles de invierno son hombres que nacen ancianos, no sé bien cuál que música escuchan, pero si sé que cada segundo de baile ha hecho que sus vidas se prolonguen aunque sean árboles de invierno, sustancia extraña y los otros árboles digan que no se acerquen porque tienen espinas y sus frutos al caer se confundan con las piedras.
Mi madre árbol de hojas de espada le tiene miedo al invierno, y a su propio invierno
A lejos la madera de esos árboles se ven como su tuvieran espinas, a todos nos ha dado miedo acercarnos, para qué pincharnos han dicho los otros árboles. Un día decidí cerrar mis ojos, tapar mis oidos e imaginarme un mundo nuevo, sin árboles de invierno, sin árboles que esperan los frutos de la primavera que nunca llegan, sin árboles que danzan en armonía con las leyes del cielo, entonces sin ver ni oír decidí seguir mi propio camino sin leyes. Mi fuerza, juventud y osadía serían herramientas suficientes para convertirme en un árbol primaveral que todas las mañanas anunciaría el nuevo amanecer como el gallo cantor, pensaba.
Con el tiempo comencé a olvidar que ya no veía, ni escucha aunque yo creía que lo hacia. Sentía que caminaba bajo la atenta mirada de la creadora, de la energía vital. Un día sentí un golpe, ya no me podía mover, me había convertido en un árbol de invierno, de sustancia extraña y madera con espinas, sólo mi madre árbol me cubrió con sus hojas de espadas en verano, ella sabía que no estaba muerto, había visto a su padre y amante morir en verano y ser fuertes en invierno.
Cuando desperté me dí cuenta que no habían árboles con madera y espinas, solo eran árboles extraños, lo que parecían espinas eran una ilusión productos del reflejo de sus sombras, pude comprobarlo al tocarlos. Por fin sé que hay árboles con distintos movimientos que danzan al ritmo de la música; hay árboles que no saben bailar, que se impacientan, que no les gusta el tango o el blass, pero todos los árboles bailan, porque con cada movimiento de baile extienden su tiempo de vida, bailar un segundo es como vivir un año, más o menos dependiendo de la energía creadora. Los árboles de invierno son hombres que nacen ancianos, no sé bien cuál que música escuchan, pero si sé que cada segundo de baile ha hecho que sus vidas se prolonguen aunque sean árboles de invierno, sustancia extraña y los otros árboles digan que no se acerquen porque tienen espinas y sus frutos al caer se confundan con las piedras.
Mi madre árbol de hojas de espada le tiene miedo al invierno, y a su propio invierno


