lunes, 21 de febrero de 2022

El Bar Nacional y el refugio

    Asistí a la gran marcha del 2019. Fue el 25 de Noviembre y sin exagerar se puede afirmar que esa tarde se paralizo Santiago. Un mar de gente formo una ola tan gigantesca que cubrió a la capital con un halo de esperanza y furor pocas veces antes visto. Normalmente acostumbro a salir solo y no fue la excepción. No tenía con quien ir ni a quien llamar que realmente quisiera participar. No se trataba de ir a una fiesta carnavalesca llena de consignas que terminara en una orgía de alcohol y drogas. Se trataba de una manifestación honesta de miles que gritaron al unísono por más dignidad a sus vidas, que en muchos casos se les condena a la miseria de la subsistencia. Como carezco de virtudes artísticas de tales gustos prefiero rodearme de mi propia compañía, a lo menos mis ojos y memoria me acompañan para fotografiar cada detalle que se alojan en mi consciencia. 

    Y aunque tenía algunos reparos en la manera vertiginosa que se iban sucediendo los acontecimientos, no tuve duda alguna de la importancia y significado de aquella jornada. Con dolor y sufrimiento observaba en las noticias de la muerte por suicidio de adultos mayores, en su mayoría por abandono, soledad y pobreza (que en varios casos era miseria). Las pensiones a las que podían acceder distaban bastante de lo que podríamos considerar una vida digna de ser apreciada como tal. Y aunque la dignidad de si mismo no tiene que ver que con la parte económica necesariamente, en caso de los adultos mayores es importante considerarla como una señal de respeto, consideración y agradecimiento. El valor que se le da a una pensión debe también considerar esos valores, cuestión que a esa fecha no era ni remotamente el caso. La individualización de la vida conduce a desastres más catastróficos que la libertad considera prever, sobre todo en el caso de un país que obtiene sus lecciones a golpe y porrazo.

    Pensiones, salud, vivienda y educación (entre otros) fueron resumidos en la palabra dignidad. No importaba el fuego que ardiera ni las piedras que se tuvieran que romper mientras esas demandas fueran atendidas y escuchadas. La ciudadanía encabritada apodo a la Plaza Baquedano como Plaza Dignidad. 

    Han pasado los meses y las cosas se han ido enredando en un laberinto de ideas, emociones y propuestas. Algunas más sensatas que otras. Tienen en común que se han atorado en un lugar que no les es fácil transitar. El nuevo amanecer no puede escribirse con recetas pasadas ni tampoco ser carne fresca para nuevas derrotas. Y ahí están cada día creando más trabajos para abogados y administrativistas. Lo demás se irán resolviendo en el camino, dicen.

    Del jolgorio carnavalesco no se puede pasar a la rendición. Es necesario seguir. Y así lo hicieron. Un escenario evidente de esta hazaña es el centro de Santiago. Antiguo espacio y lugar en donde se encontraban los más diversos personajes e historias. Tuve la oportunidad de vivir en Moneda con Estado y ser testigo directo de las noches y los días, y los distintos días. Un domingo no es lo mismo que un Sábado, ni un Lunes lo que es el Miércoles. Me llamaba la atención las noches llenas de perros en manada y bravos, la cantidad de cartón que la gente recogía, además de la soledad y oscuridad que solía habituar. Generalmente caminaba alcoholizado después de una jornada de trabajo activista o de un carrete, así que tampoco me importaba en ese momento como lo recuerdo hoy. 

    En el día vertiginoso del centro capitalino se podía ver una diversidad de quehaceres que no vienen al caso detallar. No porque no importaba, sino porque iban de paso. Su destino era llegar a sus casas o donde mejor les hiciera sentir a su humanidad. Lo significativo eran los que hacían del centro su zona de refugio. Y no eran pocos. Y aunque no todos eran adultos mayores si lo era la mayoría. Por razones y motivos varios se podía ver a una cantidad significativa de gente jugando ajedrez en la Plaza de Armas, debatiendo cuestiones que en lo personal me terminaban dando sueño en Ahumada con Huérfanos, a otros jugando damas. No faltaban los comensales del Portal Concha Fernández, ni los parroquianos que curaban sus penas en algún local que lo visitaban como leales feligreses. 

    El Bar Nacional cierra el 11 de Marzo y con el un lugar lleno de recuerdo, memoria y emociones. Su cierre simboliza la perdida de un emblema, pero también la muerte del refugio de cientos (quizás miles) de personas que hacían de esas calles sus hogares. 

    Pensaba en eso cuando vi la cortina de la Tienda Paris ubicada en San Antonio con Alameda. Muerte al capitalismo salvaje neoliberal; no al sufrimiento animal; hazte vegan; ACAB. Son las consignas que pueden apreciarse con facilidad. Los vencidos han bajado sus cortinas de metales y los vencedores han firmado su victoria. 

    Tal vez algunos adultos mayores (y otros no tan mayores) puedan recurrir a sus familias, otros a antiguos amores que abandonaron y a medias tintas volver a algo que puedan llamar refugio. Otros quedaran abandonados a su suerte y al olvido aún esperando pensiones dignas. Pero el refugio de alguien no tiene que ver solo con la carencia económica, puede serlo también por falta de afectos o acostumbrarse a su propia soledad. Tengan dinero o no ha operado una suerte de democracia; todos condenados a buscar en los años postreros de sus días otro lugar.

    No estoy contra de la libertad y las opciones de cada cual. Quien quiera tomar un camino debe ser libre de hacerlo. El hecho que me causa extrañeza es que le pueden llamar capitalismo salvaje y neoliberal al 2x1 de liquidación de una oferta en la Tienda Paris y no a la prenda usada que te cuesta 30 lucas o más porque es cool, ondera y llamativa o a una ensalada que por llamarla de una forma novedosa puede costarte más de $5.000.-. Son las formas novedosas de calificar a una cosa de tal y a otra de otra.








 




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